Solidaridad en Marcha | Voluntarios Focus | Frances, Mary & Theresa Ponicki
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Voluntarios Focus | Frances, Mary & Theresa Ponicki

Voluntarios Focus | Frances, Mary & Theresa Ponicki

Frances Ponicki

Mi experiencia en Arequipa me hizo ser consciente de mí misma, percibirme pequeña, por decirlo en pocas palabras. Nuestra misión era llevar el amor de Dios a las personas con las que nos encontramos, manifestando el amor incondicional de Dios por todos. Nunca imaginé la fuerte repercusión interior que esas experiencias iban a tener en mí. Los breves encuentros con personas son lo que mejor expresa la importancia de la misión.

Por ejemplo, en nuestro tercer día en Perú, estaba caminando entre las aulas que estábamos ayudando a arreglar cuando, de repente, percibí como una mancha de colores venía corriendo hacia mí… Medio segundo más tarde, una niña de cuatro años llamada Heidi me estaba abrazando “como un koala”, tan fuerte que temblaba por la fuerza con que lo hacía. Ese abrazo solo duró tres segundos, pero cuatro semanas después aún me tiene contemplando el amor de Dios. Nunca había visto a Heidi antes de este tercer día: ella sabía quién era yo, solo porque me reconoció como una de las misioneras visitantes. Sin embargo, ella confió en mí, y me expresaba así su gran amor.

Fui enviada a Arequipa para mostrar el amor de Dios a niños como Heidi, para amar incondicionalmente, pero experimento que fue esa niña pequeña la que me mostró la verdadera misión. Fue un momento poderoso para mí porque vi cómo mi misión en Perú se resumía en la experiencia del encuentro con Heidi. Dios me dio una iluminación de cómo debía expresar Su amor incondicional en un ambiente muy diferente del mío, y eso es como el centro de toda mi experiencia. Mientras trataba de ser un ejemplo del amor de Dios hacia los demás, yo mismo iba siendo educada en ese Amor. Fue hermoso, una experiencia que desearía volver a vivir.

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My experience in Arequipa was humbling, to say the least. Our mission was to bring God’s love to the people we interacted with – to demonstrate his unconditional love for everyone. What I didn’t quite expect was the way that this mission was reflected back at me. I had encounters with God that would last only four seconds, but would be such an excellent example of our mission.

For example, on our third day in Peru I was walking in between the classrooms we were helping fix up when all of a sudden I saw a blur of colors speeding towards me. Half a second later I was being koala-hugged by a four year old girl named Heidi so hard she was trembling with the power of it. That hug only last three seconds, but four weeks later it still has me contemplating God’s love. I had never met Heidi before this three second encounter – she knew who I was only because she recognized me as one of the visiting missionaries. Yet, she trusted me, and she loved me fully. Here I had been sent to show her God’s love, to love her unconditionally, but she turned that around on me and reflected my mission back towards me. It was a powerful moment for me because I saw how my mission in Peru was just a lifestyle for Heidi. God gave me a glimpse of what His unconditional love was meant to look like in a completely foreign setting, and this is what the whole experience proceeded to be like for me. As I was attempting to be an example of God’s love to others, in turn I was being shown back what I was demonstrating. It was beautiful – an experience I wish I could have all over again.

 


Mary Ponicki

En su evangelio, Mateo relata una enseñanza de Jesús que dice: “Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo entre ellos”. Trabajando en el Colegio San Juan Apóstol en Perú (Arequipa), encontré que esto es verdadero. Jesús caminaba entre los estudiantes y entre mi equipo de misioneros mientras estábamos en la escuela, dándonos fuerza cuando la necesitábamos, palabras adecuadas cuando no podíamos encontrarlas, y un recordatorio todos los días de que una relación con Él puede y siempre será suficiente.

El primer día de la misión, encontré a los niños de 3 a 5 años del Colegio. Vinieron corriendo hacia nosotros, abrazando a tantos de nosotros como podían, antes de que fuera el momento de regresar a sus aulas. Me llamó la atención el amor sin condiciones que ellos y el resto de los estudiantes mostraron por nosotros. Nos habían dicho que quizás algunos de estos niños —dada su difícil realidad familiar—, podían estar muy carentes de afecto, y lo buscarían expresar hacia nosotros. Sin embargo, aunque es posible que no conozcan ese amor en el hogar, pudieron mostrarlo con tanta facilidad, tratándonos de la manera en que Jesús nos pidió que nos tratemos unos a otros, de la manera en que nos gustaría que nos traten a todos.

A través de un encuentro personal con uno de estos niños de cuatro años, llamado Adriano, fui testigo de cómo Dios trabaja activamente dentro de esta comunidad escolar. Una tarde estaba terminando de catequizar a Adriano y sus compañeros de clase acerca de La Semana Santa, mientras los miembros de mi grupo representaban escenas que describían mis explicaciones. Terminé de contar como Jesús resucitó de la muerte, y los miembros de mi equipo y yo, nos dispersamos en el aula para jugar con los niños. Sin embargo, sentí como la pequeña mano de Adriano me jalaba, sosteniendo una hoja de dibujos alusivos a los días de Semana Santa, que usábamos para la catequesis. Cada imagen era como un recordatorio del significado de cada día de la Semana Santa. Me senté en el suelo junto a él mientras él extendía la hoja hacia mí, preguntándome simplemente: “¿Puedes explicarme esto?”. Durante los siguientes 20 minutos me senté con Adriano, explicando la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo; todo el tiempo respondiendo preguntas tales como: “¿Por qué lloran estas mujeres?”, “¿Por qué tiene una cruz en la espalda?”, “¿Por qué está llorando Jesús?”, y la más importante de todas, “¿Por qué Jesús hizo esto?”. Respondí de inmediato y simplemente, diciendo: “Porque Él te ama”. Sus ojos se agrandaron y se volvieron más brillantes aun, y con una sonrisa y un leve rubor preguntó si podía quedarse con el trozo de papel. Mientras Adriano iba a poner el papel en su mochila, reflexioné sobre las preguntas que me hizo. ¡Eran tan simples pero tan poderosas! Que un niño de cuatro años desee comprender el amor que Jesús siente por él fue un gran recordatorio de que todos necesitamos el amor de Jesús, sin importar nuestra edad o la vida que llevamos. Ese día vi a Dios dentro de la comunidad del San Juan Apóstol, en la sonrisa que iluminó la cara de Adriano cuando le recordé que todos somos amados y nada más que por el hombre más grande en el Cielo y en la Tierra.

Las encuentros que experimenté con los niños en la escuela, como Adriano, eran una fuerte llamada a ser consientes de que Jesús es suficiente. Que nunca caminaremos solos porque Jesús camina con nosotros. Es posible que algunos de estos niños no experimenten el amor incondicional de Dios en sus hogares, pero encuentran consuelo y fortaleza en el amor incondicional que Jesucristo les tiene y les muestra siempre. El Colegio San Juan Apóstol crea un espacio de paz y de amor para estos niños, en donde pueden crecer en la fe y la amistad, y compartir este amor, avanzando en el camino hacia la santidad. Fue muy hermoso el ser testigos de primera mano de esta realidad.

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In his gospel, Matthew recounts a teaching from Jesus which says, “For where two or

three are gathered in my name, there am I among them.” Working with San Juan Apostol School in Peru, I found this to be very much true. Jesus walked among the students and my team while in the school, giving us strength when we needed it, words when we couldn’t find them, and a reminder every day that a relationship with him can and will always be enough. On the first day of mission I encountered the 3 to 5-year-old children in the school. They came running up to the team, hugging as many of us as they could before it was time to return to their classrooms. I was struck by the unconditional love they, and the rest of the students, showed for us. We had been

informed earlier that many of these children will not be loved by the way God calls us to love one another in their home environments. Yet while they may not know unconditional love at home, they were so easily able to show it to us, treating us the way Jesus asked us to treat one another – the way they would like to be treated.

Through an individual encounter with one of these four-year old boys named Adrianno I witnessed God working pro-actively within this school community. One afternoon I was wrapping up teaching Adrianno and his classmates about La Semana Santa (Holy Week) as my group members acted out skits describing my narrations next to me. Once Jesus had resurrected from the dead, my team members and I dispersed into the classroom to play with the kids. However, I was pulled aside by little Adrianno who was holding a sheet of cartoon representations of the different days of Holy Week that I had given to my team members earlier. Each photo served as a reminder of what to act out for each day of Holy Week during the lesson. I sat down on the floor next to him as he extended the sheet towards me, asking me simply, “Can you explain this to me?” For the next 20 minutes I sat with Adrianno, explaining the passion, the death, and the resurrection of Jesus Christ, all the while answering questions he had such as, “Why are these women crying?”, “Why does he have a cross on his back?”, “Why is Jesus crying?”, and the most important one of all, “Why did Jesus do this?” I answered the latter simply, saying, “Because he loves you.” His eyes widened and got brighter, and with a smile and a slight blush he asked if he could keep the piece of paper. As he went to put the paper in his backpack, I reflected on the questions he asked me. They were so simple yet so powerful. For a four-year-old boy to desire to understand Jesus’ love for him was a strong reminder that we are all in need of Jesus’ love, no matter our age or the life we lead. That day I saw God within the San Juan community, in the smile that lit up Adrianno’s face when I reminded him that we are all loved and loved by the greatest man in Heaven and on Earth.

The interactions I experienced with the children in the school such as Adrianno were a

powerful reminder that Jesus is enough. That we will never walk alone because Jesus walks with us. These children may not all experience unconditional love at home, but they find solace and strength in the unconditional love Jesus Christ has and continues to show them. San Juan Apostol has created a space of comfort and love for these students, where they can grow in faith and friendship and share this kind of love as they continue on the path to sainthood, and it is a beautiful thing to witness firsthand.

 


Theresa Ponicki

Viniendo a Perú, el objetivo nunca fue mover montañas o eliminar la pobreza. Nuestra misión era simple: compartir constantemente el amor de Cristo con quienes nos rodean, ya sean los niños, los ancianos o los amigos que trabajan con nosotros. Con este objetivo en mente, empecé a trabajar y, mientras trabajaba con los niños de la escuela, fui experimentándome tocada y conmovida profundamente. Los niños que asisten al San Juan Apóstol albergan un inmenso amor en sus corazones. Me había preparado claramente para hablar y mostrar amor a los demás, pero nunca consideré la cantidad de amor que recibiría como respuesta.

Contrastada con la pobreza material de estos niños, está su riqueza de espíritu. Todos los días estos niños aparecían y emanaban amor, como si retribuyerán el amor que yo que les daba cada día. Sabiendo que a diario estos niños volvían a casa en circunstancias muy diferentes a las que me iba a ir yo a casa, esta constante demostración de amor recíproco realmente me conmovió. El amor no es algo que se define por el lugar en que duermes en cada noche o lo que tienes para el desayuno cada día. El amor es lo que Dios nos muestra incondicionalmente con su sacrificio, misericordia y calidez. Estos niños me expresaban eso mismo. No creo que haya logrado arreglar los problemas de sus hogares, ni podría ser capaz de prepararles una buena comida todos los días, pero al menos podría mejorar sus aulas. Podría raspar y lijar las paredes hasta que estuvieran listas para ser pintadas. Podría alinear cuidadosamente las paredes con cinta para proporcionar acabados limpios. Podía trabajar en un aula polvorienta durante largas tardes para asegurarme de que todo se hiciera a tiempo. Y, esto no porque fuera algo que se me “obligara” a hacer en el viaje de misión, sino porque esa era otra forma de mostrar amor a los niños, haciendo algo muy concreto para ellos. Hice todo mi trabajo mucho más gratificante sabiendo el sentido más profundo que tenía. No solo estaba trabajando mucho y lejos de mi país, sino que estaba trabajando para mejorar las vidas de estos niños.

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Coming to Peru, the goal was never to move mountains or to eliminate poverty. Our mission was simple: to constantly share Christ’s love with those around us, whether it be the children, the elderly, or friends working alongside of us. Focusing on this as I worked with the children of the school was a really humbling and moving experience. The kids who attend San Juan Apostol harbor immense love within their hearts. Mentally I had only prepared one-sidedly for showing love. I had never considered the amount I would receive when I arrived. Despite the physical poverty a lot of these children have, they do not have poverty of spirit. Every day these children showed up and emanated love, reflecting the love I was investing in them back to me. Knowing that each day these kids went home to much different circumstances than I was going home to, this constant demonstration of reciprocated love really moved me. Love is not something that is defined by what you sleep on each night or what’s for breakfast each day, it’s what God shows us unconditionally with his sacrifice, mercy and warmth. These children affirmed that. That being said, I could not fix the amount of love they were shown at home, nor could I fix them a lunch each day, but I could fix their classrooms. I could scrape and sand away at the walls until they were ready to be painted. I could carefully line the walls with tape to provide clean finishes. I could work in a dusty classroom for long afternoons to make sure everything got done on time. Not because it was something I was “required” to do on the trip, but because that was another way to show the children love by acting on what I could fix for them. It made all my work that much more fulfilling knowing that’s what I was doing. I wasn’t simply working away, I was working on bettering these children’s lives.